Africanos en Portugal

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19/10/2016Yamilet Méndez Solano



Portugal se presenta como un país del sur de Europa con una apariencia engañosamente mediterránea ya que comparte frontera con España en el este y sin salida al Mare Nostrum. Al oeste del país se haya el océano atlántico que bordea toda la costa. Al igual que España, forman parte de su territorio las islas de Madeira y de las Azores situadas a más de 1000 km de Lisboa que es la capital del país. Lisboa, ciudad cosmopolita de una belleza peculiar y a la vez desconcertante por haber sabido sobrevivir al tiempo. Con un poco más de 2 millones de habitantes, la Diáspora africana y afrodescendiente tiene una representación importante en la mayoría de los tejidos de la capital portuguesa. Nos trasladamos hasta Lisboa para conocer de cerca algunas figuras de esta diáspora, sus experiencias vitales en Portugal no tienen desperdicio.

Pedro Vieira Tomás
 
Pegada al rio y con la brisa de la mañana, llego a la escuela de baile, Dance Jazz en Lisboa, donde he quedado con Pedro Vieira Tomás, más conocido como Petchu en el mundo artístico. De origen angoleño, robusto, con una  mirada firme, segura y noble, Maestro Petchu es, a sus 48 años, reconocido como un gran coreógrafo, bailarín y profesor de danza. Es padre de dos hijos.  
Su historia con el baile remonta a sus cuatro años en el seno familiar. Su abuelo, Liceo Vieira, fue uno de los que popularizó la danza Semba, un estilo musical tradicional que se baila en ocasiones familiares. Su tía, Duda Do Ku, fue la gran fundadora del grupo Ngongo en los años 1960. Maestro Petchu salió de Luanda haciendo lo que más le gusta, bailar. 
Vivió entre artistas consagrados,  llevaba la música en sus genes y su interés por la cultura le permitió reencontrar sus raíces musicales. Todos los ingredientes necesarios estaban reunidos para convertirse en un gran artista. Su planteamiento era claro desde muy joven, dar a conocer sus raíces por el mundo, hacer todo lo que estuviera a su alcance por su cultura. Bailando dio sus primeros pasos y  llenó su alma de ritmos y tradiciones, decidió que tendría una misión en su vida: llevar su herencia por donde pasara.
En 1996 salió de su país con su arte y su grupo, como embajador de la cultura angoleña, llevó esos ritmos que no dejaban a nadie indiferente, intentó que se conociera de donde venían, cómo se bailaban  y  cantaban, para que se valoraran mejor y que se respetaran. Por cada rincón, dejaba un acorde musical, un paso de baile. La antigua Unión soviética, Polonia, Corea y muchos otros como Brasil, pudieron disfrutar de su arte.
 
Petchu vivió entre artistas consagrados,  llevaba la música en sus genes y su interés por la cultura reunía todos los ingredientes necesarios para convertirse en un gran artista.
Petchu, como le gusta que le llamen, desde los 11 años en los escenarios se plantea ampliar los conocimientos y recibir una formación que le permitiera   desarrollarlos. En 1986 recibe un entrenamiento con profesores cubanos y brasileños, enriquece  sus técnicas y amplía sus habilidades con otros ritmos, esto le permite estar más preparado. En Angola funda el ballet tradicional Kilandukilu, también en Brasil, participa en proyectos sociales en África y Brasil.
 
Su llegada desde Alemania a Portugal fue difícil, dura y muy complicada. Conocía a pocas personas y a pesar de su formación, no tuvo más remedio que trabajar en la construcción, restauración y en diversas actividades que le permitieran subsistir y mantenerse. Tenía claro que la oportunidad llegaría y por eso nunca dejó de formarse y ensayar para estar a la altura. Creer y pensar en sus raíces le dio las fuerzas para seguir y no desfallecer. Gracias a su fortaleza y seguridad, pudo mantenerse firme en la persecución de sus objetivos: hacerse visible y ser escuchado. 
 
Tras tener su tarjeta de residencia en Portugal, decidió  buscar empleo en su ámbito. Presentó sus proyectos al Centro Cultural de Belén pero no encajaban con la filosofía del Centro. Sin desanimarse, siguió trabajando hasta que apareció un ángel de la guardia, un amigo portugués, que le abrió las puertas del mismo Centro Belen donde años atrás le rechazaron sus proyectos. Así lo cuenta entre risas: “Cuando volví al Centro Belén con mi amigo portugués, con mi camisa y corbata, fui muy bien recibido y escuchado, hasta me invitaron a tomar algo. Sentí entonces que por fin ya estaba donde quería. Ya había empezado, no había quien me parara. Y así fue”. Desde entonces sus espectáculos permanecieron en cartelera durante al menos cinco temporadas, atrayendo con gran éxito a la muchedumbre.
 
Volver a Angola sí, pero no por ahora
 
Treinte y siete años de carrera se dice muy pronto, pero no todo el mundo puede presumir de ello. Después de veinte años en Portugal, Petchu vive contento y orgulloso de haber alcanzado sus metas. Aunque es cierto que durante años lo pasó mal, ahora es una persona agradecida, ilusionada, satisfecha pero también con muchos sueños.
Gracias a su talento  artístico, contribuyó a dar visibilidad a África en Portugal mediante su participación en festivales y programas de televisión. Además participa en la integración de las personas migrantes colaborando en diferentes asociaciones que a su juicio son un pilar importante y una guía para los migrantes. Pero por otra parte echa en falta costumbres de su país como relacionarse más con sus vecinos, tener la libertad de circulación, la cercanía de la gente, etc. Acaricia el sueño de volver a Angola con la gente que le han apoyado en Portugal, pero no lo ve factible a corto plazo.
 
Los retos nunca terminan
 
Petchu tiene muchos desafíos y miles de planes: trabajar para las personas que lo necesiten, formarse, seguir con su compañía de baile, ayudar a los que no tienen, tener más  dinero para ofrecer, hacer sonreír a los niños, etc. Habla de Portugal con mucho cariño: “De este país me gusta todo y estoy feliz, llevo mi música a donde quiero y se me ve y escucha, no puedo pedir más, mi labor acaba de comenzar y quiero que alguien tome el relevo cuando no este”.
Este guerrero del arte impresiona, no tiene miedo y es capaz de hacer bailar con sus tambores a los pasteles de Belén. Junto al rio y con su risa, me despido de él, satisfecha y muy contenta de haberle conocido. Verle bailar y cantar es lo que quiero… ¡Quizás algún día!
 
 
Verónica Ferrreira
 
En el centro de Lisboa llego a un edificio antiguo, con escaleras de madera y ascensor viejo pero elegante. Había quedado allí con Verónica  en su consulta o su rincón mágico como ella le llama. Verónica Ferreira, angoleña de 44 años, piel canela y ojos profundos, me recibe con su bata blanca y olor a azahar. Entramos, me presento y sin darme cuenta estamos hablando como amigas.
 
El duelo migratorio de Verónica: las muñecas
 
Llegó a Portugal hace 13 años, para quedarse a vivir con su madre y su padrastro. Las relaciones entre ellos eran complicadas porque Verónica se sentía fuera de lugar, poco comprendida. Su vida en Angola era totalmente diferente, más simple y dejar a sus familiares y amigos supuso para ella un gran sacrificio. Por eso también su adaptación fue más difícil y lenta.  
Echa de menos todo, pero curiosamente lo que más le choca es el espacio y cuando se refiere a él, se le ve afectada. A pesar de los años que lleva viviendo en Portugal, eso le sigue marcando: “Como se puede vivir en casas tan pequeñas? Ella estaba acostumbrada a vivir en espacios más grandes y con mucha luz; luz que necesita, olores que recuerda y sonidos que ya no escucha. 
Pero lo que más echa de menos es su colección de muñecas, que jamás recuperó. Le encantaría tenerlas y allí veo delante de mí a una niña mujer totalmente emocionada por el recuerdo. Es una pena que al emigrar quizás no te pregunten, ni tengas tiempo de pensar que te llevarías contigo para ser más llevaderos los cambios y la vida que te espera. “Esas pérdidas hacen más difícil y rugoso el camino, te hacen sufrir y es horrible”, cuenta Verónica... Quizás si al menos tuviera una a su lado, sería diferente, porque esas muñecas forman parte de su vida y las recuerda con cariño.
 
Cuesta integrarse en Portugal
 
Con Verónica hablamos también de la integración de las personas extranjeras en Portugal, de los portugueses y de mil cosas más. Me cuenta que no encontró tantos problemas para sentir que era y es parte de este lugar. No se detuvo ante nada. Comenzó a estudiar, a relacionarse aunque no salía mucho, y estaba a la expectativa de todo lo que le radiaba y sucedía en su entorno. Se fue acostumbrando a esa nueva vida y hoy está totalmente integrada. A Verónica le gustan las personas afectuosas, las cosas que le hagan reír, y sobre todo la sinceridad y la confianza.
Al preguntarle si volvería y qué se llevaría, Verónica es tajante: “De aquí no me llevaría nada, porque no me gustaría volver. Es aquí donde quiero estar y donde me siento feliz... me quedo con todo”, dice. Casi sin darse cuenta comenzó a pensar: ¿qué podría estudiar? ¿A qué se dedicaría que la hiciera feliz? Por razones personales regresó a Angola y se dio cuenta que ella ya no era de aquel lugar que le vio nacer. Entonces al volver otra vez a Portugal inició su carrera eligiendo una de sus pasiones: la fisioterapia. Se formó y se documentó hasta a los 28 años, cuando ya se sintió lista para ejercer esa profesión. Con su sabiduría y el don que tiene para ver y sentir donde está el problema de las personas, empezó a dejarse llevar hasta hoy. Mujer que lee el alma y cura con sus manos y espíritu, sus manos son sus herramientas y su mente, un gran poder.
 
Fui a entrevistar a una migrante angoleña residente en Portugal, alguien que me contara en primera persona sus experiencias y su vida, al final gané una amiga. Una amiga que conoce muy bien Portugal, a quien le gusta el mar, el  río, las calles de Coímbra, Oporto, Porto Cobo, Paz Armonía, etc. Una amiga apasionada de la lectura, de la ópera, de la comida como la mohamba, el calulu y los frijoles negros, que son sus comidas favoritas y le recuerdan sus raíces. Una amiga integrada, tolerante, respetuosa y abierta, con una buena red de amigos portugueses y de otros países, pero que detesta a la gente que no respeta las normas del país de acogida.
Verónica al volver otra vez a Portugal, inició su carrera eligiendo una de sus pasiones: la fisioterapia. Esta mujer  que lee el alma y cura con sus manos y espíritu, sus manos son sus herramientas y su mente, un gran poder.
 
Verónica es la típica luchadora  que no se deja vencer
 
Antes de separarnos, Verónica me comenta sus planes futuros: en su cartera descansan varios proyectos que van en el sentido de la mejora de su vida personal y profesional. Quiere seguir participando en formaciones relacionadas con la mente y el espíritu, enriquecer sus experiencias, adquirir más conocimientos para desarrollar mejor su profesión. Está muy orgullosa de ser mujer y confiesa no haber acudido nunca a asociaciones para solicitar ayuda. Pero considera que si realmente existen, es importante informar de su existencia para aquellos que lo necesiten. 
Me despido de ella y ya en la puerta me pongo a pensar en esta maravillosa experiencia… Me alejo contenta y convencida de que  nos volveremos a ver… Fue un verdadero placer charlar con Verónica.
 
Euclides Moreira Fortado
 
Me traslado al barrio de Brazo de Prata donde trabaja y me espera un joven llamado Euclides Moreira Fortado. Es alto, delgado y bien parecido, de ojos grandes,  mirada insegura  y noble. Llega  y me recibe con elegancia y caballerosidad. Nos sentamos e iniciamos nuestra entrevista. 
Nacido en Cabo Verde hace 32 años, llegó a Portugal desde Ciudad Santiago con las ideas claras, lleno  de entusiasmo, fuerza y decisión: estudiar y trabajar para poder ayudar a su familia. Era y sigue siendo su meta principal, la única y la más importante. Con su maleta llena de recuerdos, de sueños y  de todos los proyectos que un joven pudo tener, era lo que  le daban fuerzas para seguir adelante, a  pesar de dejar atrás, tradiciones, familias y amigos  por una vida incierta, diferente y desconocida.
 
El año 2009 marcó un antes y un después en su vida
 
Alguien, que era su padre,  le esperaba en Portugal y que de alguna manera le haría la vida más fácil, alguien que ya había superado sus miedos, inseguridades y que le podía ayudar a hacer más llevaderos los suyos. 2009 fue un año de cambios muy importantes y muy significativos para él, un año que marcó su vida estando ya en Portugal: la muerte de su padre. Dejó un gran vacío en su vida, pero tenía que seguir adelante. Fue un revés que le obligó a madurar de golpe. 
Con la desaparición de su padre, Euclides lo perdió todo: la ilusión, el ánimo, la fuerza y la seguridad.  Pasaba su tiempo haciéndose preguntas. ¿Cómo seguir viviendo solo, con el sufrimiento, teniendo a toda una familia esperando tu ayuda? Ni su madre ni sus hermanos le dejaban instalarse en las lamentaciones, los llantos y la tristeza. El barco estaba en el puerto, había que cargarlo y  hacerlo   llegar a su destino, él era el capitán y el único marinero, tenía una gran responsabilidad.
 
Desde que llegó a Portugal supo que el trabajo era lo que le permitiría cumplir sus sueños. Tenía muchas limitaciones: En Cabo Verde trabajó en telecomunicaciones y sus estudios eran básicos, con muy poca experiencia laboral. Todo esto jugaba en su contra y no le permitía aspirar a mucho, además encontró una dificultad que a mi juicio es el gran problema de un emigrante: carecer de  papeles. Es como si no tuvieras nada, como si no existieras. Con tantos cambios y tanto dolor, no se había parado a pensar en esto, se le empezaron a cerrar las puertas una detrás de otra. Y allá en Cabo Verde, peligraba la supervivencia de su familia.
 
Un giro de 180 grados
 
Euclides encontró oportunidades en el sector de la construcción, pero la burocracia ponía un freno a sus ambiciones, reduciendo a la nada sus esfuerzas a conseguir trabajo.  Su vida dio un giro importante cuando conoció a una persona que le dio apoyo, le entendió y compartió su dolor y su rabia. Gracias a ella, Euclides encontró otro motivo para seguir adelante, tras haber arreglado sus papeles. Fue a partir de entonces que tuvo la oportunidad de abrir por fin  su maleta y sacar algún sueno. 
Cada vez que ha encontrado un trabajo, su familia estaba contenta de él y lo celebran. Pese a las dificultades administrativas con el tema de los papeles al inicio, Euclides ha encontrado en Portugal la manera de vivir a gusto. Aunque eche de menos la comida de su madre, el cachupe por ejemplo, sus círculos de infancia, la ciudad donde se crió, no piensa volver a Cabo Verde. Para él, Portugal es un país con muchas influencias africanas; ve que a los portugueses la música africana, con los ritmos actuales y aquellos con los que se criaron de pequeño. En algunos conciertos tanto en criollo como en portugués, esta fusión está siempre presente: “La música caboverdiana es algo que aquí gusta y que muchos artistas incluyen en sus trabajos”. Me cuenta que le hubiera encantado ser músico y sonríe cuando habla de ello, aunque cree que es tarde para serlo, es algo que tiene dentro. “Algún día aprenderé a tocar algún instrumento”, comenta en voz baja y con los ojos húmedos, “y hasta llegué a tocar para mi familia y amigos”.
Para Euclides, Portugal es un país con muchas influencias africanas por los ritmos actuales y aquellos con los que se criaron.. y esta fusión está siempre presente en los conciertos tanto en criollo como en portugués
 
Botas de obrero y alma de músico
 
Como mis dos primeras entrevistadas, Euclides tiene grandes sueños que le gustaría realizar. Uno de ellos es ser mecánico,  algo que le atrae y también opina que es una forma de ganar dinero, ser independiente y ayudar a su familia. Contento de su vida en su conjunto, mi amigo tiene claro lo que llevaría de Portugal si tuviera que marcharse: los dulces que son una verdadera delicia y despiertan los sentidos; algunas de las personas que ha conocido y que le han ayudado; y para recordar este país, su luz. Se llevaría su luz y si ha de traer algo de allí, sería a su familia, las calles donde corrió de pequeño, el olor y su inocencia  que de alguna manera se quedó por el camino. 
Me despido y le dejo en plena faena con sus guantes y una carretilla, continua en la obra. Un día que por unos minutos le llevaron hacia recuerdos y emociones que compartimos juntos.  Euclides me ha cautivado, con sus manos llenas de cemento, botas de obrero y alma de músico.
 
 
Por Yamilet Méndez Solano  Maestro Petchu

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